Sábado 31 de Octubre de 2026

CULTURA

31/10/2026

45 años después de Stephen King, Mariana Enriquez reflexiona sobre el terror: "No es metáfora, es descripción de la realidad latinoamericana"

45 años después de Stephen King, Mariana Enriquez reflexiona sobre el terror: "No es metáfora, es descripción de la realidad latinoamericana"

Fuente: Netfan Servicios

En 'Conversación con la oscuridad', la escritora argentina traza una genealogía del género que parte de Horace Walpole y Edmund Burke y conduce al cuerpo de Eva Perón y el horror de la ESMA

En Conversación con la oscuridad, Mariana Enriquez desarrolla una poética del terror que pasa por Lanús, la ESMA y el cadáver de Evita. Es un libro de no ficción que se lee como el reverso latinoamericano de Danza macabra, el ensayo con el que Stephen King quiso responder, en 1981, por qué escribía lo que escribía.

El 4 de octubre de 1957 Stephen King acababa de cumplir diez años y estaba en el Stratford Theater, en Connecticut, viendo Earth vs. the Flying Saucers. En el último rollo, cuando los platillos atacaban Washington, la película se cortó. El gerente subió al escenario y anunció que los rusos habían puesto un satélite en órbita. Con esa escena abre Danza macabra, y King dice que ahí empezó para él el verdadero terror, el que no venía de la pantalla. Mariana Enriquez tiene su propia versión de esa tarde. Después del Nunca Más, cuenta, las revistas argentinas empezaron a publicar en tapa lo que había pasado en esos años. En una aparecía un hombre frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, con la frase "yo secuestré, yo mandé torturar en la ESMA". Palabras como "torturar" la obligaron a buscarlas en el diccionario. Esa búsqueda, escribe, marcó la infancia de una generación que conoció el terror político siendo chica.

Los dos chicos aprenden lo mismo: lo que da miedo de verdad llega por las noticias. Cambia el tiempo verbal. El miedo de King en 1957 era el de lo que podía pasar: la bomba, el cielo ocupado por los soviéticos. El de Enriquez es el de lo que ya había pasado y nadie terminaba de nombrar. El suyo es un terror del después, y el libro entero gira alrededor de esa diferencia.

El origen del libro explica su forma. La editora Inti Soledad Bustos partió de un archivo de más de sesenta horas de charlas, conferencias, entrevistas y clases que la escritora argentina dio en distintos países. A eso sumó largas videollamadas entre Mendoza y Tasmania, donde vive hoy la escritora, y el trabajo con Juan Casamayor, de la editorial Páginas de Espuma, en Madrid. Bustos llama a su tarea "una humilde operación de necromancia": tomar esa materia oral y darle un cuerpo. Por eso el libro no tiene capítulos sino cinco "vértebras": espacios, tiempos, subjetividades, cuerpos y trauma. El título aclara este origen oral, conversatorio. Enriquez piensa en voz alta, vuelve sobre lo que dijo, se interrumpe para contar algo de su barrio.

Danza macabra también nació de una pregunta repetida. Su editor, Bill Thompson, convenció a King de que, si escribía un panorama del género, ya no tendría que contestar en cada entrevista las mismas preguntas sobre el tema. La quinta vértebra de Conversación... arranca igual: "Siempre me preguntan por qué me gusta el terror". La respuesta larga, dice, es que el género sirve para hablar del poder, del cuerpo, de la vulnerabilidad. La corta es que la realidad latinoamericana, y la argentina en particular, "tiene la estructura del terror. No como metáfora. Como descripción".

El terror, explica, no ilustra el trauma político ni le pone imágenes a lo que la historia ya explicó. Trabaja materiales que el realismo tiende a neutralizar y mantiene abierta una herida que el relato ordenado solo logra anestesiar. Ahí está la poética que sostiene su ficción si pensamos por ejemplo en Las cosas que perdimos en el fuego o Nuestra parte de noche, ambos libros se detienen el trauma político como un manifiesto,

King aparece en el libro de manera explícita. En la primera vértebra, Enriquez retoma la distinción de Danza macabra entre el terror (lo que se anticipa sin verse), el horror (la revelación de lo monstruoso) y el asco, y recuerda la jerarquía de King: prefiere el primero, después el segundo, y recurre al tercero solo cuando los otros no alcanzan. Ella la adopta para el gótico, un género de la insinuación donde el peso cae sobre lo que se sugiere y no se dice. La genealogía de esas páginas es la de un buen curso: Horace Walpole y El castillo de Otranto, Otra vuelta de tuerca (novela que ella trae a la conversación cada vez que puede) lo sublime de Burke, lo siniestro de Freud, lo abyecto de Kristeva. Para un lector que llega nuevo al género, este libro es un gran mapa conceptual por un lado y luego despega cuando sale del manual y entra en el conurbano.

Mariana Enriquez creció en Lanús en los años setenta y ochenta. Describe aquel lugar como "literalmente, un espacio liminal", donde las reglas del mundo ordenado no terminaban de llegar y las del margen ya se hacían sentir. El Riachuelo estaba cerca, con un olor a putrefacción que una nena procesaba como dato sensorial antes que como metáfora. Sobre ese fondo pone la dictadura, que les quitó a las casas su único principio, que adentro se estaba a salvo. Los grupos de tareas llegaban de noche y tiraban la puerta abajo. Ese miedo, escribe, quedó en una generación como "herencia no intelectual sino epidérmica". El primer gótico de Enriquez fue un barrio del sur del Gran Buenos Aires.

De ahí sale una de las ideas más atractivas del libro. A propósito de las ruinas artificiales que la aristocracia inglesa del siglo XVIII construía en sus jardines, y del castillo neogótico que Walpole se hizo levantar en Strawberry Hill para habitar su propia ficción, Enriquez concluye que "el género mismo es una ruina falsa". El gótico se presenta como antiguo y sin embargo es contemporáneo. Lo argentino invierte esa ecuación, porque acá las ruinas son verdaderas y están a la vista. La autora de Alguien camina sobre tu tumba, que recorrió cementerios de medio mundo, del de San Juan de Puerto Rico a la tumba de Marie Laveau en Nueva Orleans, encuentra el equivalente local en los centros clandestinos convertidos en sitios de memoria: "la versión contemporánea del cementerio invisible". Allí, dice, el terror no es ficción, es persistencia.

La danza de Stephen King se baila con los miedos de una clase media estadounidense que tenía mucho que perder. La de Enriquez se baila con los muertos, y con nombre propio. La tercera vértebra tiene su centro en el cadáver de Eva Perón, embalsamado por Pedro Ara, que para ella es "antes que cualquier otra cosa, una novela de terror": un cuerpo preservado, robado, enterrado bajo nombre ajeno, que deambuló por el mundo durante décadas. La llama "la primera desaparecida en muchos sentidos". La idea tiene antecedentes ilustres en Rodolfo Walsh y en Tomás Eloy Martínez. Enriquez la lleva al terreno del género, que es el suyo, y la vuelve una pieza más de su argumento: el muerto famoso es siempre un muerto político, porque su cuerpo pertenece a otros.

La quinta vértebra recoge ese hilo y lo tensa. Con una idea que toma, citándola, de Mariana Eva Pérez y su libro Fantasmas en escena: Teatro y desaparición, describe la dictadura como una "biopolítica de producción de espectros", y la elección de los lugares de detención como parte del mismo diseño. La ESMA no es un búnker escondido sino un conjunto de edificios entre árboles en uno de los barrios más elegantes de Buenos Aires. La Mansión Seré lleva en el nombre la palabra "mansión". El Club Atlético funcionó debajo de la autopista 25 de Mayo. La desaparición forzada, escribe, tenía un objetivo preciso: crear espectros, generar deudas impagables y dejar a las familias en un estado liminal donde el muerto todavía podía no serlo. Cincuenta años después, sin cuerpos, ese duelo sigue abierto.

En Conversación con la oscuridad, la autora argentina radicada en Australia defiende el terror contra quienes lo tratan como entretenimiento menor y le pone nombre a ese desprecio: clasismo, y a veces misoginia, "cuentos de viejas". Reivindica las leyendas urbanas, la mitología y los relatos orales que la literatura culta relegó a la superstición. Y celebra, sin falsa modestia, lo que está pasando con su generación y la siguiente en América Latina: "No es que como somos morenos o marrones no podemos hacer gótico. Somos góticos de todas maneras". Lo nuevo, dice, no es una maduración desde el fantástico hacia algo más serio, sino "nuestros géneros adultos", escritos por autores que se leen entre sí.

La cuarta vértebra agrega un costado íntimo. La madre de Enriquez es médica, y los primeros libros que la escritora tuvo en las manos, a los siete u ocho años, fueron tratados de medicina. No entendía las palabras, pero miraba los cortes anatómicos, fascinada por su frialdad. De ahí viene su oído para la jerga clínica, que compara con "un grimorio", y su convicción de que "el cuerpo es la última frontera". Quien haya leído sus cuentos sobre cuerpos que se rebelan reconoce el origen.

Cuarenta y cinco años separan los dos libros, y también una idea de para qué sirve el miedo. Danza macabra es el ensayo de un escritor que convirtió las pesadillas de su país en una industria editorial imparable y en un clan de fanáticos que lo siguen a dónde vaya. Conversación con la oscuridad es el libro de una escritora que encontró en el género la única lengua capaz de nombrar lo que en su país se hizo de noche y se negó de día. Hacia el final de la tercera vértebra, Enriquez escribe que el duelo es la experiencia más universal de lo fantástico. Lo que sigue explica por qué sus fantasmas no se van: "el fantasma no es solo el desaparecido; es también el que espera".

[Fotos: Europa Press; @marianaenriquez1973]

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