INTERNACIONAL
14/08/2024
Una panadería, un torneo de fútbol y una matanza final: cuando indigentes ucranianos humillaron a militares nazis en la Kiev ocupada
Fuente: telam
El domingo 9 de agosto de 1942 se disputó el “partido de la muerte” en el marco de la invasión del Tercer Reich al territorio soviético. Se enfrentaron el Start FC, un equipo nutrido por ex futbolistas ucranianos reclutados por el dueño de una fábrica de pan, y el Flakelf, integrantes de la fuerza aérea nazi. Las misceláneas de un duelo tenso y las medias verdades de un desenlace en revisión histórica
Hubo quienes interpretaron a la invasión como una visita, como una salvación, como una transición hacia la independencia. Hubo quienes preferían a Adolf Hitler antes que a Iósif Stalin y potenciaron, tras la ocupación, su vena nacionalista y antisemita. Las matanzas no se demoraron. Diez días después de la caída de la ciudad, las fuerzas alemanas ordenaron a todos los judíos presentarse con su equipaje y sus objetos de valor en un sitio específico. Los desobedientes serían fusilados. Más de treinta tres mil personas fueron asesinadas, bajo las condiciones de esta disposición, el 29 y 30 de septiembre. El exterminio tuvo lugar en la frontera noroeste de la ciudad, en un área conocida como “el barranco de la abuela”, que pasó a la historia como el “fusilamiento masivo de Babi Yar”.
Iosef Kordik era el director de la panadería número tres de la calle Degtyarevskaya, la primera en reabrir tras la ocupación. “No se trataba de las pintorescas panaderías de un barrio parisino, sino de complejos industriales diseñados para hornear pan para miles de personas”, retrató Kevin Simpson en su libro Fútbol bajo la esvástica. Después de identificarlo, después de sorprenderse, le propuso comida, asilo y trabajo. Hacia mediados de 1942 la capital ucraniana iniciaba un lento curso de reactivación industrial. El pan no era para los civiles sino para las fuerzas de ocupación nazis que avanzaban rumbo este. La hambruna era un genocidio lento. Consumada la limpieza étnica, extinguido cualquier foco de rebelión, orquestados los secuestros, los saqueos y los envíos de mano de obra esclava, la masacre se complementó con un plan despiadado para despoblar la ciudad y quedarse con sus tierras: matar de hambre.
Kordik tenía un equipo. En marzo de 1942 comenzaron los entrenamientos formales en el patio de la panadería, donde podían pasar desapercibidos dada la filiación nominal que algunos habían tenido con el ejército rojo. No podían usar el Dynamo de nombre por clara referencia a la herencia soviética: eligieron el Start FC, un nombre similar al ucraniano en su traducción al inglés. Los nazis tenían un torneo. Habían promovido la práctica del fútbol como un placebo, una simulación de normalidad, un residuo de paz. Lo promocionaban con carteles pegados en las paredes. La entrada era gratuita. Los partidos se celebraban en el estadio del Zenit, un parque público de Kiev. Era la mayor diversión disponible: el regreso al fútbol de alto nivel luego de una interrupción de tres años, cuando en 1939 empezó la guerra.
El equipo de los panaderos: al arco, Mykola Trusevych. Otros siete jugadores del Dinamo de Kiev dispersos en la cancha: Mikhail Svyridovskiy, Mykola Korotkykh, Oleksiy Klimenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko. Los tres restantes, pertenecientes al Lokomotiv: Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Melnyk. Conformaban un club fundado en el año en que tendría que haberse jugado el cuarto mundial, fundado en la época en la que en Europa el fútbol era una actividad restringida y circunscripta al permiso nazi.
Los diarios de Kiev, intervenidos desde la ocupación, omitieron la noticia del triunfo. Al día siguiente, ya estaba anunciada la revancha a través de carteles dispuestos por la ciudad: sería el domingo 9 de agosto. “Era una batalla del fascismo contra el bolchevismo. Curiosamente, en el cartel que anunciaba el partido figuraban catorce jugadores del Start, incluido uno del Rukh que sólo había aparecido una vez, cuando el equipo de panaderos andaba escaso de miembros. El Start nunca había jugado con un plantel tan completo, y a menudo tenía problemas para alinear un equipo con once jugadores. Y lo que es más importante, se omitió en el cartel a uno de los futbolistas más queridos y carismáticos, ‘Vanya’ Kuzmenko”, recita el profesor Kevin Simpson en su libro.
El Flakelf tenía incorporaciones, suplentes y el aval del árbitro para ejercer violencia física sin sanciones. En el banco de suplentes del Start estaba solo el entrenador. A los pocos minutos del partido, a Trusevych lo dejaron inconsciente en su área con un golpe. No había arquero que lo pudiera reemplazar. Se recuperó, a medias. En la siguiente jugada, con su físico mermado, el Flakelf convirtió el uno a cero. La agresividad, el juego brusco, la impunidad, la deslealtad continuó sin intervención arbitral. El equipo de la Luftwaffe podía presumir fuerza y disponer del permiso del juez, pero carecía de la técnica de los ucranianos. Kuzmenko marcó el empate con un disparo lejano. Goncharenko esquivó patadas y estableció el dos a uno, y luego el tres a uno con una volea perfecta dentro del área grande.
El cuatro a dos del Start FC sobre el Flakelf pasó a la posteridad como “el partido de la muerte”, tal como lo eternizó el periódico Izvestia en 1943. El título alimenta el mito. La connotación simula una carga dramática que la investigación histórica se esfuerza en corregir: la fantasía vende más que la realidad. La leyenda consolida la teoría de que los ganadores del partido fueron ejecutados por las fuerzas derrotadas la misma noche del 9 de agosto de 1942. Eduardo Galeano escribió en su libro El fútbol a sol y sombra que “durante la ocupación alemana, el Dynamo de Kiev cometió la locura de derrotar al equipo de Hitler en el estadio local. Después de haber recibido la advertencia de que ‘si ganan, mueren’, comenzaron resignados a perder, temblando de miedo y hambre, pero al final no pudieron resistir la tentación de la dignidad. Cuando terminó el partido, los once fueron fusilados con la camiseta puesta al borde de un acantilado”.
Los jugadores volvieron a trabajar en la panadería de Iosef Kordik. Y al domingo siguiente, volvieron a jugar contra el Rukh. Ganaron: ya no siete a dos como en la primera fecha de la temporada estival, sino por ocho a cero. “Georgi Shvetsov, el entrenador del Rukh, no pudo soportar otra derrota humillante ante el Start FC. Al presionar a las autoridades alemanas para que respondieran a la rebelión encarnada por los jugadores, encontró una audiencia receptiva en algunos miembros del gobierno de ocupación. El nacionalismo de Shvetsov estaba en directa oposición al presunto comunismo de los futbolistas del Start”, escribió Kevin Simpson en el libro Fútbol bajo la esvástica. Shvetsov los persuadió: sostuvo que la invencibilidad del Start FC desafiaba el dominio nacionalista y propagaba el orgullo comunista.
Los otros sobrevivieron, y con ellos su historia. El periódico Evening Kiev publicó el artículo El último duelo en 1958. Luego, los periodistas Petro Severov y Naum Khalemsky publicaron un libro con el mismo nombre para documentar y perpetuar la hazaña futbolera de ucranianos escuálidos y desvalidos. La veracidad de la gesta sufrió adaptaciones y reversiones. Su estatus de leyenda concedió licencias fantasiosas. Al cine llegaron dos películas soviéticas en la década del sesenta: Tercer tiempo y El partido de la muerte. En 1981, Hollywood presentó su interpretación: la célebre Escape a la victoria, donde John Huston mezcló a los futbolistas Pelé, Bobby Moore y Osvaldo Ardiles con actores de la talla de Sylvester Stallone y Michael Caine. Para entonces, los sobrevivientes habían recibido medallas, honores y homenajes: un monumento descubierto en 1971 en el estadio del Dynamo de Kiev -llamado por entonces Start- honra su memoria.
El olvidado de la historia es Iósif Ivanovich Kordik, el pragmático empresario oriundo de Checoslovaquia que a los alemanes les dijo que era austríaco, que dominaba el idioma germano a la perfección, que recibió la distinción de Volksdeutsche -los alemanes étnicos-, que dirigió una panadería, que encontró rengo, desvencijado y demacrado al viejo arquero de su querido Dynamo, a quien le dio trabajo, comida y asilo, y lo invitó a formar un equipo de fútbol.
Fuente: telam