Miércoles 9 de Septiembre de 2026

INTERNACIONAL

14/08/2024

Una panadería, un torneo de fútbol y una matanza final: cuando indigentes ucranianos humillaron a militares nazis en la Kiev ocupada

Una panadería, un torneo de fútbol y una matanza final: cuando indigentes ucranianos humillaron a militares nazis en la Kiev ocupada

Fuente: telam

El domingo 9 de agosto de 1942 se disputó el “partido de la muerte” en el marco de la invasión del Tercer Reich al territorio soviético. Se enfrentaron el Start FC, un equipo nutrido por ex futbolistas ucranianos reclutados por el dueño de una fábrica de pan, y el Flakelf, integrantes de la fuerza aérea nazi. Las misceláneas de un duelo tenso y las medias verdades de un desenlace en revisión histórica

>Iósif Ivanovich Kordik lo vio, lo estudió. Sentado en un café en el centro de Kiev, entrecerró los ojos y agudizó la mirada. Concentró su atención en ese hombre desvencijado, demacrado, camuflado en el paisaje sombrío de la capital ucraniana ocupada. Rengueaba, tenía los huesos en relieve y el cuerpo consumido. Parecía un hombre vencido. Eso lo confundió. Había perdido la presencia dominante que le recordaba. Una cicatriz en la mejilla derecha acreditó su identidad. Era el hombre que creía que era, el hombre que había sido. Mykola Trusevych era el arquero de su equipo, el Dynamo de Kiev. Pero ahí era solo un sobreviviente de la invasión nazi, un civil perdonado por los Einsatzgruppen, los escuadrones de la muerte alemanes, un desechado más que vagaba por las calles en busca de restos de comida.

Hubo quienes interpretaron a la invasión como una visita, como una salvación, como una transición hacia la independencia. Hubo quienes preferían a Adolf Hitler antes que a Iósif Stalin y potenciaron, tras la ocupación, su vena nacionalista y antisemita. Las matanzas no se demoraron. Diez días después de la caída de la ciudad, las fuerzas alemanas ordenaron a todos los judíos presentarse con su equipaje y sus objetos de valor en un sitio específico. Los desobedientes serían fusilados. Más de treinta tres mil personas fueron asesinadas, bajo las condiciones de esta disposición, el 29 y 30 de septiembre. El exterminio tuvo lugar en la frontera noroeste de la ciudad, en un área conocida como “el barranco de la abuela”, que pasó a la historia como el “fusilamiento masivo de Babi Yar”.

Iosef Kordik era el director de la panadería número tres de la calle Degtyarevskaya, la primera en reabrir tras la ocupación. “No se trataba de las pintorescas panaderías de un barrio parisino, sino de complejos industriales diseñados para hornear pan para miles de personas”, retrató Kevin Simpson en su libro Fútbol bajo la esvástica. Después de identificarlo, después de sorprenderse, le propuso comida, asilo y trabajo. Hacia mediados de 1942 la capital ucraniana iniciaba un lento curso de reactivación industrial. El pan no era para los civiles sino para las fuerzas de ocupación nazis que avanzaban rumbo este. La hambruna era un genocidio lento. Consumada la limpieza étnica, extinguido cualquier foco de rebelión, orquestados los secuestros, los saqueos y los envíos de mano de obra esclava, la masacre se complementó con un plan despiadado para despoblar la ciudad y quedarse con sus tierras: matar de hambre.

Kordik tenía un equipo. En marzo de 1942 comenzaron los entrenamientos formales en el patio de la panadería, donde podían pasar desapercibidos dada la filiación nominal que algunos habían tenido con el ejército rojo. No podían usar el Dynamo de nombre por clara referencia a la herencia soviética: eligieron el Start FC, un nombre similar al ucraniano en su traducción al inglés. Los nazis tenían un torneo. Habían promovido la práctica del fútbol como un placebo, una simulación de normalidad, un residuo de paz. Lo promocionaban con carteles pegados en las paredes. La entrada era gratuita. Los partidos se celebraban en el estadio del Zenit, un parque público de Kiev. Era la mayor diversión disponible: el regreso al fútbol de alto nivel luego de una interrupción de tres años, cuando en 1939 empezó la guerra.

Las guarniciones alemanas tenían seis representantes. Los ucranianos dos: el Start FC y el Rukh, que significa “movimiento” en ucraniano. El Ruck tenía una génesis distinta. Su gerente, director técnico y futbolista era Georgi Shvetsov, el responsable de la reintroducción de la pelota en Kiev, el brazo ejecutor de la implementación del fútbol como política de distracción. Shvetsov organizó la competencia: era un ucraniano afín a las políticas nacionalistas, reconocido por su simpatía con el régimen nazi. Convocó a los mismos jugadores que Trusevych rescató de los escombros de la ciudad: ninguno quiso jugar con él. No pudo armar un equipo de talentos, sino uno de colaboracionistas.

El equipo de los panaderos: al arco, Mykola Trusevych. Otros siete jugadores del Dinamo de Kiev dispersos en la cancha: Mikhail Svyridovskiy, Mykola Korotkykh, Oleksiy Klimenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko. Los tres restantes, pertenecientes al Lokomotiv: Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Melnyk. Conformaban un club fundado en el año en que tendría que haberse jugado el cuarto mundial, fundado en la época en la que en Europa el fútbol era una actividad restringida y circunscripta al permiso nazi.

Aunque peores equipados, peores alimentados, seguían siendo futbolistas. Le ganaron siete a dos al Rukh. Shvetsov, humillado y furioso, le prohibió al Start FC entrenar en el nuevo estadio nacional, reacondicionado tras la invasión. Pero Iosef Kordik no se preocupó: tenía el patio de su fábrica de pan para las prácticas. Su equipo solo hilvanó triunfos en la temporada de verano. Ganaba con comodidad, con suficiencia, con autoridad. La cancha fue el refugio de los justos y el fútbol, su revancha. Que los demacrados y desnutridos ucranianos vencieran a los entrenados y vigorosos alemanes, que los invadidos se apropiaran orgullosos de esos triunfos, que los vestigios de resistencia recuperaran el espíritu y el optimismo no era una propaganda saludable para el régimen nazi.

Los diarios de Kiev, intervenidos desde la ocupación, omitieron la noticia del triunfo. Al día siguiente, ya estaba anunciada la revancha a través de carteles dispuestos por la ciudad: sería el domingo 9 de agosto. “Era una batalla del fascismo contra el bolchevismo. Curiosamente, en el cartel que anunciaba el partido figuraban catorce jugadores del Start, incluido uno del Rukh que sólo había aparecido una vez, cuando el equipo de panaderos andaba escaso de miembros. El Start nunca había jugado con un plantel tan completo, y a menudo tenía problemas para alinear un equipo con once jugadores. Y lo que es más importante, se omitió en el cartel a uno de los futbolistas más queridos y carismáticos, ‘Vanya’ Kuzmenko”, recita el profesor Kevin Simpson en su libro.

El calor era protagonista en Kiev. El estadio del Zenit rebalsó. La atmósfera era tensa. Había soldados de la Wehrmacht custodiando las adyacencias, policías empuñando palos con picos, pastores alemanes patrullando el perímetro de la cancha. Los nazis y los colaboracionistas, distribuidos en las tribunas. Alrededor del campo, repartidos sobre el césped, los ucranianos. No había vallas ni redes que detuvieran los envíos que superaran los límites del campo de juego. Los más niños fueron útiles alcanzapelotas. La tensión escalaba. El vestuario del Starf FC recibió una visita incómoda: Makar Goncharenko lo describió, años después, como un hombre alto y calvo, que hablaba en ruso perfecto y vestía el uniforme de las SS. “Soy el árbitro del partido de hoy -se presentó-. Sé que son un equipo muy bueno. Por favor, sigan todas las reglas, no infrinjan ninguna, y antes del partido, saluden a sus oponentes a nuestro modo”. El flujo de visitantes se incrementó. Se abrió una situación inverosímil: gente repartiendo comida, buenos deseos y advertencias.

El Flakelf tenía incorporaciones, suplentes y el aval del árbitro para ejercer violencia física sin sanciones. En el banco de suplentes del Start estaba solo el entrenador. A los pocos minutos del partido, a Trusevych lo dejaron inconsciente en su área con un golpe. No había arquero que lo pudiera reemplazar. Se recuperó, a medias. En la siguiente jugada, con su físico mermado, el Flakelf convirtió el uno a cero. La agresividad, el juego brusco, la impunidad, la deslealtad continuó sin intervención arbitral. El equipo de la Luftwaffe podía presumir fuerza y disponer del permiso del juez, pero carecía de la técnica de los ucranianos. Kuzmenko marcó el empate con un disparo lejano. Goncharenko esquivó patadas y estableció el dos a uno, y luego el tres a uno con una volea perfecta dentro del área grande.

En el entretiempo, el vestuario del Start FC recibió la visita de Georgi Shvetsov, el dirigente, técnico y jugador del Rukh. Les aconsejó prudencia y les recomendó que se protegieran y que cuidaran a la multitud que había en el estadio. Un oficial de las SS reforzó esa advertencia con una sutileza macabra: los felicitó por el rendimiento ofrecido en la primera mitad del partido antes de sugerirles que consideraran cuidadosamente las consecuencias de un triunfo. La diferencia en el juego y en el marcador ya era sustancial. Flakelf prescindía de ideas para imponer su juego torpe. El segundo tiempo fue paulatinamente apagándose. Un gol para cada equipo no modificó el semblante: las tensiones se concentraban afuera y después.

El cuatro a dos del Start FC sobre el Flakelf pasó a la posteridad como “el partido de la muerte”, tal como lo eternizó el periódico Izvestia en 1943. El título alimenta el mito. La connotación simula una carga dramática que la investigación histórica se esfuerza en corregir: la fantasía vende más que la realidad. La leyenda consolida la teoría de que los ganadores del partido fueron ejecutados por las fuerzas derrotadas la misma noche del 9 de agosto de 1942. Eduardo Galeano escribió en su libro El fútbol a sol y sombra que “durante la ocupación alemana, el Dynamo de Kiev cometió la locura de derrotar al equipo de Hitler en el estadio local. Después de haber recibido la advertencia de que ‘si ganan, mueren’, comenzaron resignados a perder, temblando de miedo y hambre, pero al final no pudieron resistir la tentación de la dignidad. Cuando terminó el partido, los once fueron fusilados con la camiseta puesta al borde de un acantilado”.

Pero no. Parece un desprendimiento tendencioso de la verdad. La verosimilitud de una foto de camaradería que reúne y mezcla a los jugadores de ambos equipos cuestiona la hipótesis del desenlace fatídico. Los jugadores del Start FC se fueron del estadio esperando, con cierta sensatez, represalias a su rebeldía futbolera. A la noche se reunieron con su entrenador y hasta brindaron por la memoria de Alexander Tkachenko, que había sido asesinado un día antes. Estaban vivos y seguirían así, al menos un tiempo. La insolencia de su victoria contrajo consecuencias inmediatas y reprimendas postergadas. Las fuerzas de ocupación decidieron, a priori, evitar nuevos enfrentamientos contra ucranianos con legado soviético.

Los jugadores volvieron a trabajar en la panadería de Iosef Kordik. Y al domingo siguiente, volvieron a jugar contra el Rukh. Ganaron: ya no siete a dos como en la primera fecha de la temporada estival, sino por ocho a cero. “Georgi Shvetsov, el entrenador del Rukh, no pudo soportar otra derrota humillante ante el Start FC. Al presionar a las autoridades alemanas para que respondieran a la rebelión encarnada por los jugadores, encontró una audiencia receptiva en algunos miembros del gobierno de ocupación. El nacionalismo de Shvetsov estaba en directa oposición al presunto comunismo de los futbolistas del Start”, escribió Kevin Simpson en el libro Fútbol bajo la esvástica. Shvetsov los persuadió: sostuvo que la invencibilidad del Start FC desafiaba el dominio nacionalista y propagaba el orgullo comunista.

Su contribución fue vital. En cada celda colgaba una luz intensa y brillante que los privaba del sueño. Tres veces al día durante tres semanas, todos los jugadores del Start FC eran torturados. Pretendían forzar una confesión sobre crímenes, sabotajes o conspiraciones que autorizara su fusilamiento. Korotkykh resistió veinte días: sucumbió en las sesiones de interrogatorio. Fue la primera víctima mortal del “partido de la muerte”, un mes después. Ninguno de los otros jugadores cedió ante el calvario: fueron trasladados al campo de concentración y exterminio de Syrets, a metros del barranco de Babi Yar, en los suburbios del noroeste de Kiev. El comandante del campo era el SS-Sturmbannführer Paul von Radomsky, un sádico.

Los otros sobrevivieron, y con ellos su historia. El periódico Evening Kiev publicó el artículo El último duelo en 1958. Luego, los periodistas Petro Severov y Naum Khalemsky publicaron un libro con el mismo nombre para documentar y perpetuar la hazaña futbolera de ucranianos escuálidos y desvalidos. La veracidad de la gesta sufrió adaptaciones y reversiones. Su estatus de leyenda concedió licencias fantasiosas. Al cine llegaron dos películas soviéticas en la década del sesenta: Tercer tiempo y El partido de la muerte. En 1981, Hollywood presentó su interpretación: la célebre Escape a la victoria, donde John Huston mezcló a los futbolistas Pelé, Bobby Moore y Osvaldo Ardiles con actores de la talla de Sylvester Stallone y Michael Caine. Para entonces, los sobrevivientes habían recibido medallas, honores y homenajes: un monumento descubierto en 1971 en el estadio del Dynamo de Kiev -llamado por entonces Start- honra su memoria.

El olvidado de la historia es Iósif Ivanovich Kordik, el pragmático empresario oriundo de Checoslovaquia que a los alemanes les dijo que era austríaco, que dominaba el idioma germano a la perfección, que recibió la distinción de Volksdeutsche -los alemanes étnicos-, que dirigió una panadería, que encontró rengo, desvencijado y demacrado al viejo arquero de su querido Dynamo, a quien le dio trabajo, comida y asilo, y lo invitó a formar un equipo de fútbol.

Fuente: telam

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